
Tras el envión del triunfo de octubre, favorecido por el soplo de Trump que amenazaba al electorado argentino con el diluvio si no votaba a su favorito, el Gobierno va entrando en una ciénaga de la que no logra salir, a pesar de los manotazos propagandísticos para cambiar la agenda y enturbiar el escenario político. Claro que todavía goza del aliento abierto o vergonzante del establishment que “apoya el rumbo ideológico”. Como siempre, están aprovechando vertiginosamente las concesiones del gobierno para sus negocios, especialmente la apropiación de recursos naturales, y un mayor incremento aún de sus ganancias vía ajuste de salarios, jubilaciones, tarifas impagables, cierre de Pymes y desocupación, habituales en un modelo económico ya practicado en la dictadura por Martínez de Hoz, y luego en el menemismo y el macrismo. Todos cortados por la misma tijera del FMI, los intereses circunstanciales de la burguesía local fugadora y los oligopolios financieros de Wall Street. Pero el modelo no solo cruje por su efecto corrosivo para la vida de las mayorías humildes y la clase media, sino por sus corrupciones y latrocinios, que el alboroto triunfalista del Presidente no logra disipar, incluyendo el grotesco teatro de su “victoria” en el fallo de la corte neoyorkina, que también duró lo que el humo de un cigarro.
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De corrupciones, humo y padecimientos populares

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