16/04/2026

Notas para un 24 de Marzo




En una tarde de calor moderado de marzo 2026 hay una asamblea en el tercer cordón del conurbano, Florencio Varela. Llegamos en medio del relato de Miriam Aguilar, sobre cómo la policía asesinó cruelmente a su nieto Lautaro Morello. Irradia una fuerza conmovedora. La lucha de su familia ha logrado lo inimaginable: llevar a juicio a los agentes incriminados (el inicio del juicio está previsto para el próximo 13 de abril). Junto a la familia se reúne una red de organizaciones populares. La escena recuerda a las mujeres que cinco décadas atrás comenzaron una lucha que acabó por sacudir la sensibilidad de la Argentina. Esa secuencia de politización, en la que las víctimas se transforman en sujetos que sostienen una verdad contra el poder, custodian la memoria popular y desmontan las capas de complicidad e impunidad que pulverizan las expectativas de justicia está viva en todo el país. Contra la eficacia de esta politización desde abajo, y a cinco décadas del último golpe militar, el gobierno argentino desinforma y cuestiona el estatuto de las luchas por la verdad, la memoria y la justicia. Pone en duda lo primero a fin de romper lo segundo con la ilusión de acabar, de ese modo, con lo tercero. El combo de iniciativas oficiales de las últimas semanas constituye un homenaje coherente del Estado nacional a la dictadura: destrucción de legislación laboral para terminar de liquidar antiguos derechos de los trabajadores; reforzamientos de la disposición represiva (deportaciones; ley de baja de imputabilidad; levantamiento de toda clase de restricciones a la policía y a los servicios de inteligencia); nombramiento en el Ministerio de Defensa de un militar en actividad que descalifica los juicios de lesa humanidad, y homenajea el Operativo Independencia; empleo del lenguaje (y la tipología) de “terrorismo” para quienes protestan, y alineamiento diplomático y militar automático con EE.UU. e Israel en sus guerras y genocidios. La consigna oficial de “memoria completa”, que anima la supuesta “batalla cultural” con la que se distorsiona la naturaleza necesariamente abierta de la facultad de recordar, forma parte de la única línea estratégica que la ultraderecha en el poder es capaz de llevar adelante. Aquella que lo permite todo, excepto organizar una política que trastoque el patrón de acumulación fundado en la fuga del excedente (vigente desde el 76); porque si algo intenta representar Milei es el papel de quien parece estar dispuesto a todo para garantizar la continuidad de dicho patrón. A esta representación extrema nos enfrentamos.



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