Los norteamericanos predicadores de negocios vienen por todo. Desde ordenar a los gobernadores a que cesen sus relaciones comerciales con China, como declaró el embajador Lamelas, hasta otros en misión de lobistas de negocios, lanzados a enviarnos lo más rápido posible sus productos sin controles sanitarios, aranceles, impuestos, gabelas, ni nada. Exigen que ningún grupo empresario nacional defienda la venta de su mercadería en su propio mercado interno. En tanto, el lobby de estas corporaciones planetarias con sede en Manhattan, integrado a la cámara extraterritorial AMCHAM, ya anunció que tampoco aceptará que el parlamento tome decisiones que obstaculicen sus intereses. Resulta ocioso señalar que esos “representantes” del norte contrataron a diversos operadores nativos para ocuparse de los trabajos turbios en los pasillos de ministerios y el Congreso. Cumplen el rol de cipayos, una expresión que, según explica “la gente moderna”, está pasada de moda. Pero los misioneros yanquis tienen otras necesidades imperiosas: para concretar sus negocios deben ser desplazadas las empresas europeas y chinas. O sea, el milenario propósito de los conquistadores de imponer al sometido todo su poder.
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Calles de rebeldías

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