27/09/2022

El acampe en el puente Rosario-Victoria, por dentro | Las fotos y las historias de una noche histórica



Desde Rosario

Lejos –geográfica y emocionalmente– del acelere del centro, de las filas para los boliches y la música a todo lo que da en locales y autos, el despliegue es contrastante en el límite con Granadero Baigorria. En la cabecera del puente Rosario-Victoria un grupo de jóvenes protagoniza un tranquilo acampe. Son alrededor de 60 las carpas instaladas en el lugar, más temprano transitado por una masiva marcha en reclamo por la Ley de Humedales y el fin de las quemas que no dejan respirar. El acampe es su continuación, siguiente capítulo de un fluir que deriva en una asamblea este domingo.  “Es como un Woodstock sudaca”, compara con la risa que provoca el cansancio Jésica Fernández Bruera, de la Multisectorial Humedales

Imagen: Sebastián Granata.

Más de la 1 de la mañana. Recién termina la última actividad programada de la grilla, una charla sobre astronomía que iba a incluir una observación telescópica. Se frustró porque no se ven estrellas; está muy nublado. Todavía se arman carpas. Un fogón dedicado al medio ambiente se sigue nutriendo tanto de espectadores como de músicos. Se escuchan composiciones propias dedicadas al humedal.

Imagen: Sebastián Granata.

“Nos están matando”, denuncia un nuevo grafitti pintado en el guardarrail. Es lo primero que se ve al subir por la escalera. Otro: “Mucho plomo mucho humo. Este humo tiene nombre y apellido”. El espacio está habitado por leyendas antiguas en pintura blanca desgastada. “No hay planeta B”, “Nuestro Parlamento está en la calle” se lee por ejemplo en el iluminado asfalto. Algunos carteles del puente han sido intervenidos: “Área incendiada protegida. Humedales e islas de Victoria”, “Atención. Próximos 58 kilómetros. Liberado muerte fauna silvestre”. En uno han pegado la foto del gobernador Omar Perotti, acusado de “cómplice” y “traidor”.

Más temprano todos los grupos etarios se movilizaron. Desde niños hasta adultos mayores, los más afectados por el humo. Pero ahora en el kilómetro cero, el punto donde se inició la caminata que culminó en la mitad del puente, nada más quedan, o sobre todo quedan, los jóvenes. La noche es suya. Son más o menos 150, tanto de organizaciones como autoconvocados. El corte es total. Las carpas ocupan la mano en dirección a Victoria, la misma que ocupó la caminata. Algunas están colocadas con estacas sobre la porción en que hay tierra; otras sobre el asfalto. Circula la idea de que hay más personas que espacio en las carpas. Una parejita duerme abrazada afuera, cubierta con frazadas. Se ven bicis, motos, autos. Presencia de Gendarmería en ambos extremos del campamento.

Imagen: Sebastián Granata.

De todas las imágenes que entrega esta noche fría la más poderosa en su capacidad de síntesis es la del cráneo de una vaca dispuesto en medio de la ruta. Es el más grande de un conjunto de huesos de otros animales. Los trajo de las islas un colectivo de artistas para la intervención que dio comienzo a las actividades pautadas tras la marcha. También trajeron cenizas. Una chica que se presenta como Dani de la Isla cuenta que la performance estuvo inspirada en esos pájaros que se ven volando dentro del humo, como insistentes. “Si ya estamos muertos… ¿qué hacemos? Un artista se preguntó por qué un pájaro vuela dentro del humo. Están buscando los nidos, lo que no muere.”

“Si revisás encontrás de todo: cráneos de carpinchos, pezuñas de vacas, pedazos de huevo prendidos fuego… todo es muerte si metés la mano”, se lamenta Caro Pampín, con gorra de la Multisectorial, una de las artistas de la performance. 

Arranqué en el primer corte de puente, en pandemia. No había autos, tránsito, tenías que venir sí o sí en bicicleta. Me vine igual, con un miedo espantoso”, evoca Caro. “Soy madre soltera. Si me caigo caemos las tres. Y no tengo un sostén familiar. Soy huérfana. Las tengo todas. Salí elegida. Lloraba, porque al río lo amo, lo he habitado, he jugado en la isla. Me recuerda a mi niñez, mi infancia. A mi familia que no tengo más. ¿Me van a quemar ahora el humedal? Me pasó por ese lado. ¿También me van a sacar esto?”, expresa. Tiene 45 años. Habla de una chica que olvidó traer unos afiches con la flora y la fauna autóctonas de hace 20 años: “Ciervos, yaguaretés, todo eso había… eso era lo que yo vivía cuando era chica. Me movía para que aparecieran las rayas, pescaba mojarritas, había una abundancia de árboles y vegetación. Era meterse en ese pulmón. No estaban los edificios ni el puente. Me están tocando una cosa que es una fibra íntima”.

La pregunta a estas horas es la misma que a la tarde: ¿seguirá habiendo humedal en el momento en que surja la ley? Desde las alturas más temprano se podía ver lo poco que queda de humedal en las islas. Son, ahora, “una alfombra seca que arde sin cortafuegos naturales por días y días”, arrasada por el fuego, que se propaga hasta “niveles desconocidos” por la sequía de tres años y la bajante del río Paraná, como escribió el periodista de Rosario 3 Ricardo Robins en su crónica de la jornada. Señala que el reclamo lo realiza fundamentalmente una clase media con conciencia ambiental, lo que también se evidencia en la noche.

Imagen: Sebastián Granata.

Unos chicos cargan sus termos con agua que calienta un horno de barro construido hace unas horas. Un perro con collar deambula buscando cariño –hubo varios en la manifestación–. Los del Polo Obrero, ubicados en el extremo, exhiben sus banderas. Juegan al truco. Otro grupo, con las cartas del Uno, se inventó un juego de roles. Amtawi les habla a cuatro jóvenes. La mujer aymara llegó especialmente desde Buenos Aires (Tigre) para “ver y apoyar”. Todes en el acampe la conocen. La escuchan sentados, con atención; para ellos es la voz de la sabiduría. Están al lado del gacebo de la organización Taller Ecologista, decorado para la ocasión. Pero son autoconvocados.

Amtawi no está muy conforme con la imagen de la tarde. Hubo más de 10 mil personas y fue la movilización socioambiental más importante en la historia rosarina. Dobló en cantidad a la de agosto de 2020 también en el puente. La ciudad tiene un millón y medio de habitantes.

“¿Qué pasa con el pueblo, los habitantes, los X de Rosario? Yo vengo a apoyar, porque a mí también… no en el instante del humo… pero estoy acá porque de alguna forma lo voy a absorber en Buenos Aires. Sorpresa para mí –espero no ser la única que haga esta observación–: ¿dónde está el pueblo de Rosario? A pesar de que haya la cantidad que haya es un mínimo”, reflexiona la mujer, quien creía que el puente “se iba a doblar” por la multitud. “No es un incendio. Son días, meses. Escucho por televisión las consecuencias que está habiendo: madres dicen que sus hijos están enfermos; personas mayores dicen ‘somos asmáticos, nos hace mal’”, completa. “Cuando el humo ataca Rosario aparecen. Si está lindo se olvidan”, replica un chico. Caro cuenta que Amtawi estuvo a cargo de encender el saumo en el inicio de la intervención artística. “El fuego sagrado. También lo hay. El fuego de los deseos de que todo esto termine.”

Imagen: Sebastián Granata.

Este es el segundo acampe en el puente. Hubo otro en 2020, con un clima inquietante. El corte no era total, sino sólo en dirección a Entre Ríos. Los jóvenes denuncian que la Gendarmería les quitó protección y por eso fueron agredidos por automovilistas y camioneros, física y verbalmente. Otros conductores, en cambio, les regalaban helados –eran días muy calurosos–. Se trató de un acampe por tiempo indefinido. Duró siete días. En esta ocasión la comisión de cuidados de la Multisectorial convocó a voluntarios para guardias nocturnas. Más allá de que la zona es insegura, los gendarmes desfilan por el otro carril en autos y caminando. Intimidan. Además, está fresco aquél recuerdo.

Jorge Bártoli, de El Paraná no se toca, una de las organizaciones ambientalistas pioneras en la ciudad, dijo sobre la marcha que el clima era de celebración amén de la tragedia. Por la noche se percibe algo parecido. Las charlas entre mate y fernet, la guitarreada, los juegos de cartas, las expresiones artísticas programadas y espontáneas y el lugar que toman los saberes alternativos ponen en primer plano la necesidad del encuentro e intercambio. De catarsis colectiva. La charla de astronomía se mezcla con astrología. A la mañana hay clase de yoga 8.30. El domingo por la tarde el campamento se levanta por la esperada lluvia. La asamblea sucede debajo del puente.

Julia Camilletti, de 33 años, autoconvocada, terapeuta
holística, llegó desde Arroyo Seco. Una grotesca nube de humo invadía su ciudad
a la hora de salir. “Estábamos dentro del apocalipsis. En las ciudades cercanas,
también afectadas, se ve menos organización o más apatía. Es más difícil juntar
gente interesada. Se quejan en las redes”, dice. “Es triste ver las quemas y
sentirte solo. Cuando venís, ves mucha gente que está en la misma. Es distinta la frecuencia cuando nos
juntamos. La tierra necesita que luchemos con alegría.”



Source link