14/08/2022

¿Hasta cuándo?  



Una vez más utilizo el lugar que tengo aquí para hacer un descargo sobre un discurso de odio hacia mi persona que se volvió viral en redes sociales. El responsable de estos ataques transodiantes es Miguel Ángel Motta, conductor del canal 12 de Córdoba.

Los diferentes medios y portales que se hicieron eco titularon «Fuerte ataque transfóbico de un periodista cordobés a Florencia De La V». Como ya comenté en otras ocasiones, no me gusta cuando utilizan la palabra «fobia» para señalar un ataque que está muy lejos de ser una manía: estos son discursos de odio y no me voy a cansar de repetirlo. Hoy contamos con las herramientas y la información para descifrar estos embates y así titular con responsabilidad.

¿Por qué insisto con el odio? Los diccionarios coinciden en que el odio es un sentimiento profundo e intenso de rechazo hacia alguien a quien se quiere producir un daño. No se trata de un estado emocional temporal, un impulso, sino de una disposición relativamente estable y duradera. Cuando existe odio, existe saña, existe premeditación. Este periodista (¿debería referirme a él como periodista?) expuso abiertamente en sus declaraciones que hacía dos semanas se proponía hablar de mí en su programa, pero por diferentes motivos lo había pospuesto. Es decir: él mismo reconoció que existió un grado de planificación del ataque.

¿Por qué me refiero a sus declaraciones como un «ataque»? Realizó sus comentarios en el marco de un programa de deportes en el que, en teoría, se debería hablar de deportes. El sujeto se presentó supuestamente indignado porque en televisión «cualquiera sale al aire totalmente desinformado». Entre la gran oferta que exhiben nuestros medios actuales de episodios de desinformación, él elige mi equívoco. Lo reconozco: me equivoqué. Creí que el apodo del hijo de Valeria Mazza era Tincho. Seguramente me pasó porque no manejo ese lunfardo adolescente, no sabía que se usaba ese sobrenombre ni mucho menos tiene una connotación de burla para mí. Pero vayamos a la parte más interesante del asunto: este hombre reconoce que yo pude haberme confundido y explica que yo debía haber creído que el nombre era Martín. Es decir, lo indignante ni siquiera es que yo hubiera discriminado, porque él mismo se encarga de descartar la hipótesis.

¿Qué es lo indignante entonces? Su modo de nombrarme y su uso insistente de pronombres (él, el tipo, el argentine, muchacho) lo dejan expuesto: lo terrible es que viva mi vida con el nombre que yo misma elegí y con los pronombres y modos de referencia que yo decido que se corresponden con mi identidad. Le causa odio mi libertad. Le causa odio que exista una ley que avale que yo y tantxs otrxs podamos tener una vida feliz. No se trata —como luego ensayó en un ridículo intento de disculpas que no son aceptadas— de una «crítica periodística», se trata de un clarísimo abuso de poder de su rol como comunicador para liberar su veneno e intentar inocular complicidad en sus televidentes.

¿Qué me pasa con esta situación? Me deja una mezcla de tristeza, cansancio y la sensación de que no va a suceder nada, como siempre. Hace más de 20 años que sufro ataques como estos y no pasa nada. Incluso si provienen de personas con cargos públicos, como el que sufrí de parte de José Gaspanello, vicerrector de la Universidad de La Rioja. ¿Hasta cuándo voy a tener que soportar los ataques de hombres cis blancos que desde su lugar de privilegio despiden su odio sin ninguna consecuencia? ¿Por qué mis hijes tienen que ver en la web estas embestidas injustificados sobre su mamá? Que alguien me lo explique. ¡A ustedes les hablo! ¡A lxs políticxs! ¿Qué están esperando nuestros representantes para modificar la ley contra la discriminación? ¿Para qué tenemos un ente como el INADI sin el poder para sancionar esta clase de actos?

Le agradezco el llamado a Victoria Donda, pero la verdad estoy cansada de que todo siempre quede en comunicados. Los comunicados no evitan el sufrimiento de mis hijos ni el mío. Los comunicados no frenan estos discursos de odio ni nos salvan la vida. Porque detrás de toda esta dinámica agresiva hay personas. Personas que sufrimos a diario la violencia y la discriminación. Y no se olviden de que hablo desde un lugar de privilegio absoluto, pero no me exime de la violencia. Hay otrxs que pierden la vida. Sin ir más lejos, la provincia de Córdoba tiene uno de los índices más altos en travesticidios y transfemicidios.

¿Hasta cuándo? No quiero sentir que nunca va a cambiar nada, no me quiero resignar. Esta violencia solo se puede terminar si la combatimos entre todes, si dejamos de naturalizar el uso del lenguaje. Las palabras hacen cosas, las palabras pueden dañar, son nido de odios que después se expresan físicamente. Quienes tienen llegada a grandes audiencias no pueden desconocerlo. Quien niega esto, hoy en día, es el verdadero desinformado.

¿Dónde está Tehuel?



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