14/08/2022

La tumba de Evita Perón, donde el color de las flores avisa que todavía hay vida | La devoción popular en el cementerio de la Recoleta



“Vine desde Moreno, vine a rezar por su eterno descanso, por su compromiso con los más humildes, que el Señor la tenga en su gloria”, dice un sacerdote frente a la tumba de María Eva Duarte de Perón. “Evita” dice el hombre, une sus manos en señal de ruego, hace una reverencia y se aleja. Es uno de los tantos que este 26 de julio llegaron al corazón del cementerio de La Recoleta para rendir homenaje a la mujer que transformó su vida en lucha, en favor de los “cabecitas negras”, sus “descamisados”, los humildes de la patria que en 1952 lloraron su muerte, y tomaron su nombre para transformar la épica de esa vida que concluyó temprano –Eva tenía 33 años al morir–, en una “bandera a la victoria”, tales fueron sus palabras en el último de sus discursos, el 17 de octubre de 1951. Y por ese recuerdo y esa lucha hoy llora María frente a la única tumba con flores de este cementerio, y por eso se persigna Manuel, y se acercan los niños a tocar las flores y a mirar por las rejas del mausoleo.

A 70 años de la muerte María Eva Duarte de Perón, Eva Perón o simplemente “Evita”, los recuerdos de su lucha ofrecen amparo a los desprotegidos, y, como jirones de esa vida flamean entre los ruegos y las palabras de agradecimiento. En el lugar donde descansan sus restos, en el elegante cementerio de La Recoleta –un lugar que le hubiera estado vedado por su origen humilde y por su militancia política–, son muchos los que llegan para pedirle “fuerzas”, “que no nos abandone y que nos guíe”, “la patria necesita enderezarse, Evita”.

Unos pocos expresan sus pedidos en voz alta, frente a su tumba cargada de flores, allí donde el peregrinar de feligreses “devotos peronistas” como definió una joven cordobesa, se mantuvo constante este martes 26 de julio, desde que a las 9 de la mañana comenzaron a llegar los grupos de visita. Porque además de los “fieles peronistas”, este cementerio es un museo visitado por cientos de personas, a diario. Y todavía se utiliza: allí, las familias acomodadas entierran a sus muertos. En esa construcción en forma de laberinto, en los 7000 mausoleos que albergan a 350.000 muertos, la tumba de Evita, todo el año, es la única donde el color de las flores avisa que hay vida, «y que la pelea sigue», desafía la voz aguardentosa de un hombre mayor. 

Hoy la seguridad del lugar se multiplica. “A correrse para acá así todos pueden pasar”, indica el encargado de mantener la circulación por el angosto pasillo donde la familia Duarte tiene su mausoleo. “Se pueden sacar fotos, pero no se puede hace sonar el bombo, ni sacar pancartas, ni encender velas”, advierte luego. Los turistas se mezclan con los devotos. Fran y José llegaron ayer de Madrid. Querían conocer el lugar. Ya conocían que Evita «despierta amores y odios». Javier vine «de familia peronista». Margot esta emocionada, es una mujer grande y hace ya dos horas que está parada frente al mausoleo. Quiere quedarse «por si vienen otros compañeros de antes«, explica. 

“Yo vine porque es una manera de homenajearla”, dice Martín, que está con su familia. Una mamá vino con sus cuatro hijos. Está apurada, se le nota. “Vinimos porque el mayor quería conocer donde estaba la tumba”, explica. El mayor es Pedro, tiene 11 años. Y lee con atención lo que dicen las coronas: Sindicato de Pintura, Sindicato de Maestranza, PJ Comuna 2. “¿Qué es un sindicato?”, pregunta otro niño. Las respuestas hilvanan “la fuerza de los trabajadores” con “el poder de la organización”. Las frases parecen inconexas. El niño sintetiza: “Claro, es cuando están todos juntos para defenderse”.

Luego de una mañana sombría y lluviosa, donde sin embargo se realizó una misa en honor a Evita, el sol de la tarde ilumina las ásperas paredes de los mausoleos. Las voces de los niños se recortan entre los grupos que recorren el lugar en esta jornada donde la religiosidad popular en torno a “la abanderada de los humildes” se combina con las vacaciones y con la necesidad de “expresar al peronismo de Perón y Evita”, señala Luis, que viene todos los años, salvo en pandemia, claro, se corrige.

Este cementerio, ubicado en la zona más elegante de Buenos Aires, rodeado de bares, cines y centros comerciales, es también un museo de arte funerario por los estilos de las construcciones que atesora: hay bóvedas art nouveau, bóvedas masónicas como la de Domingo F. Sarmiento, hay tumbas inglesas, hay tumbas sin nombre. Y entre las esculturas que asoman por los pasillos y las avenidas, el visitante atento puede seguir el recorrido que guía hacia la tumba de Evita, hoy, en el aniversario de su muerte, porque hacia allí van casi todas las familias, las parejas, los grupos de turistas.

“Eva es un referente importante para la clase trabajadora, además dio el voto a las mujeres”, explica un hombre a dos turistas brasileños. Se da vuelta, mira a los otros visitantes y agrega: “Hoy la Argentina vive momentos difíciles, nuestra democracia peligra, por eso yo como militante de la causa peronista vengo a pedirle que nos de fuerzas”, explica. El hombre llegó desde La Matanza. Un niño lo interrumpe: “¿Qué es la democracia?”. Su mamá le tira de la manga y en voz baja le explica: “El gobierno que elegimos, es por eso que votamos”, le dice.

Betina y Pablo están de vacaciones y se acercaron por
el día de “Evita Perón”. Miguel viene de Moreno “a ver la tumba, porque es un
sentimiento y porque necesitamos más que nunca levantar nuestras banderas”. Sus hijos, Ignacio y Lautaro, querían venir. «Ella fue muy importante por lo que hizo por el país y por las mujeres», define Ignacio, de 13 años. Nadie habla del calvario de sus restos, salvo los guías de La Recoleta.

El guía de la visita de las 15, explica el periplo tortuoso que tuvo el cuerpo de «esa mujer» luego de su muerte. Y de cómo la familia la colocó a «ocho metros bajo tierra para protegerla». Muchos dudan: «No creo que esté aquí», dice Diego. Pero se persigna frente al lugar y coloca un ramito artificial de flores azules: «Son como las Nomeolvides que mi abuela dejaba en frente de la CGT», comparte, por uno de los rituales con que el pueblo devoto mantuvo su veneración, cuando comenzó el periplo de los restos. 

Numa estudia medicina y siempre tuvo “un cariño especial por Eva porque nací el mismo día que ella, el 7 de mayo”, explica. Le admira que Eva «a pesar de venir de la pobreza, pudo hacerse un lugar en un mundo dominado por los apellidos largos”. En La Recoleta hay apellidos largos y dobles. Eso no intimida a los feligreses. Silvia vino de Flores y recuerda que su madre, tenía una máquina de coser que le regaló Evita. «Ella tenía 22 años cuando Evita le regaló la Singer, y todavía la tenemos, si la tiene mi hermana», cuenta con voz entrecortada. Toca la puerta de la tumba, y antes de despedirse, susurra: «Te queremos Evita».  

Dos mujeres jóvenes salen del pasillo siguiendo a una mariposa. Isi es diseñadora gráfica y Mara profesora de arte. Son italianas. «Me pregunto si es casualidad que una mariposa ande por aquí, es un lugar muy frío, mucha piedra», dice Isi. La mariposa naranja revolotea. Y ellas cuidan que nadie la pise. «Es muy bella», describen. «Como Evita», dice Mariel, que escucha la conversación y agrega: «Ella se enfrentó al poder, y nos mostró el camino. ¿Cómo no venir a homenajearla?». Coloca una rosa en la puerta de la bóveda, mira al cielo «donde debe estar Eva», y se persigna.     

   



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