31/01/2023

Paul Johnson y una de las entrevistas más extrañas en la historia del periodismo | Un curioso episodio en la vida del historiador inglés recientemente fallecido



Paul Johnson fue uno de los historiadores más conocidos de la segunda mitad del siglo XX. Nació en 1928 en Manchester, se formó en Oxford y, de algún modo, fue la oposición a Eric Hobsbawm por derecha. Si el autor de Historia del siglo XX se erigió como uno de los grandes académicos marxistas, Johnson estuvo allí para apuntalar la reacción: apoyó sin ambages a Margaret Thatcher y la revolución conservadora de los 80. De hecho, en 1976, tres años antes de que la Baronesa llegara a 10 Downing Street, Johnson sacudió a los intelectuales británicos con «Adiós al laborismo», un artículo publicado en The New Statesman, en que postuló su desilusión del socialismo y del sindicalismo.

Autor de libros como Intelectuales, una historia de los Estados Unidos, Historia del cristianismo y biografías de Churchill y Napoleón, Johnson murió el 12 de enero pasado a los 94 años. Su obituario llenó las páginas de infinidad de publicaciones, que lo veneraron como gran historiador (algunas), lo reivindicaron como guardián de los valores occidentales (algunas otras) o lo criticaron como exponente del pensamiento conservador (unas terceras). 

En la biografía de Johnson hay lugar para un episodio menor, risueño, anecdótico, intrascendente, como las vidas de todos los seres humanos, sean personas públicas o no. El punto es que ese episodio vio la luz y y pasó a la historia como, probablemente, la más extraña y surrealista entrevista en la historia del periodismo.

La frustrada entrevista con Time

Ocurrió en 1992. Su interlocutor fue Richard Stengel. Era un periodista de 37 años y escribía para la revista Time. Fue para esa revista que contactó a Johnson. Lo que pasó fue tan grotesco que no se publicó. Sin emabrgo, Stengel lo comentó en una cena al editor de la revista satírica Spy, Kurt Anderson. El detrás de escena de la entrevista se contó en las páginas de esa publicación.

Johnson acababa de publicar El nacimiento del mundo moderno y gozaba, desde 1983, de ser un intelectual leído por los líderes conservadores. Ese año había aparecido Tiempos modernos, un libro de referencia para la derecha. Stengel coordinó un viaje a Inglaterra para visitar a Johnson en su casa. El historiador lo citó a las cuatro y media en su residencia de Bayswater, un distrito de Londres.

Cuando Johnson le abrió la puerta, se disculpó porque no estuviera su esposa para saludar al visitante. Ofreció té. Stengel se sentó en un sillón frente al cual había una mesita con galletas. Dejó la tetera sobre la mesa y dejó que su propio invitado ofreciera servirle a ambos.

Antes de comenzar el diálogo, el devoto católico que era Johnson preguntó al periodista si estaba casado. Stengel respondió que no, lo cual activó las defensas conservadoras del historiador: «¿Acaso no le gustan las mujeres?» Stengel atinó a responder: «Yo diría que tal vez demasiado». Acto seguido, Johnson inquirió a Stengel por qué quería «entrevistar a una persona como yo». El periodista lo halagó diciéndole que era uno de los grandes historiadores de la época y que valía la pena escuchar a alguien que estaba escribiendo sobre la historia de los Estados Unidos. 

Hasta allí, todo normal. Stengel le avisó a Johnson que prendería el grabador y comenzó el diálogo que ocupa la segunda parte de la nota de Spy y que, en versión en castellano, se incluiría en Las grandes entrevistas de la historia, un volumen compilado por el inglés Christopher Silvester, que consideró merecedora de un lugar a lo que pasó cuando Stengel apretó el botón de play. Lo que sigue es el diálogo, con intercalaciones del periodista:

«- En Tiempos modernos habla usted del relativismo moral y su presencia en el siglo XX. ¿Qué ejemplos de relativismo moral ver usted hoy en la escena mundial?

(Pausa de ochos segundos, que dedica a rascarse la barbilla.) No sé.

– Um…(Pausa de siente segundos.) Um…uh…Uno de los temas sobre los que ha escrito usted es el determinismo biológico. ¿Cree que ahora que cada vez sabemos más sobre la herencia genética, la idea de moralidad es cada vez…bueno…menos importante, y más una función de la biología?

(Pausa de veintisiete segundos, que dedica a frotarse la cara y los ojos con las manos. Cierra los ojos.) No lo sé.

– De acuerdo…(Risa nerviosa.) ¿Se salen estas preguntas del campo de su especialidad?

(Con los ojos cerrados.) No lo sé.

– (Staccato.) ¿Cree que la política económica de Reagan es responsable de la recesión en Estados Unidos?

(Rápidamente.) Es muy improbable.

(Pausa de seis segundos.) Muy improbable. Pero tal vez la velocidad con la que se gastaba y se pedía prestado dinero y el modo en que aumentó la deuda…¿No cree que tal vez haya tenido algo que ver con…?

Es improbable.

¿Qué cree usted que ha causado la recesión?

(Con tono ligeramente beligerante.) No lo sé.

(Río nerviosamente.) 

(Rié también.)

– Um…(Pausa de once segundos.) Una de las cosas que, según usted, es de la mayor importancia en el siglo XX es que las creencias religiosas aún no hayan desaparecido. ¿Cómo explica usted eso? ¿Cree que en este momento existen excesos religiosos?

(Pausa de cinco segundos.) No lo sé».

El fin de la entrevista

Stengel apagó el grabador en ese punto. «Sus No lo sé habían ido haciéndose cada vez más groseros. Sos dos Improbable habían rezumado desdén». Inquirió a Johnson sobre el éxito del fudamentalismo en las elecciones en Argelia, lo cual era una señal de la persistencia de la religión.

En ese momento, relató Stengel, Johnson se levantó «y, sin mirarme siquiera, salió bufando de la habitación». Pasaron cinco mininutos. El periodista no escuchó ningún ruido. Pensó si habría ido al baño, pero no se sintió que tirara la cadena. Intrigado, subió a la planta alta, llamó por su nombre al historiador y nadie le respondió. Estaba solo en la casa. Johnson se había ido. 

Esperó uno minutos en la habitación donde había estado con su entrevistado y tomó su abrigo. «Salí al vestíbulo, grité ‘¡Adiós!’ y finalmente cerré la puerta a mis espaldas». Se fue a un bar y, desde allí, llamó por teléfono a la casa de Johnson. Salió el contestador, con la voz de la esposa del historiador.

Stengel, que años más tarde fue funcionario de Barack Obama, cerró así la nota en Spy:

«En el avión de vuelta ojeé el capítulo final de Intelectuales y dí con el siguiente pasaje: ‘Creo detectar hoy en día cierto escepticismo público cuando los intelectuales nos dedican sus prédicas, una tendencia creciente entre la gente corriente a poner en duda que los académicos, los escritores y los filósofos, por eminentes que sean, tengan derecho a decirnos  cómo debemos comportarnos y conducir nuestros asuntos. Parece estar extendiéndose la creencia de que los intelectuales no son más sabios como mentores, ni más dignos como modelo, de lo que lo eran los brujos o sacerdotes de la antigüedad. Comparto ese escepticismo’. Yo también». 



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