27/09/2022

Trasplante de órganos: la historia y la actualidad de una práctica médica y científica solidaria | De los experimentos con perros al sueño de René Favaloro



Por primera vez Argentina fue sede del Congreso Mundial de Trasplantes y ello fue posible porque el país sobresale en la materia. El Instituto Nacional Central Único Coordinador de Ablación e Implante (Incucai), por decisión de la OMS, constituye uno de los tres centros de referencia junto a organismos equivalentes en España e Italia.

En 2022, según los datos provistos por la institución, se realizaron 2.671 trasplantes: 1.325 de órganos y 1.346 de córneas. El ranking de los más realizados lo lideran los renales (911) y luego le siguen los hepáticos (282), los cardíacos (70), renopancreáticos (24), pulmonares (23), hepatorrenales (12), pancreáticos (2) y cardiopulmonar (1). A pesar de la pandemia, por decisión del Ministerio de Salud, el Incucai sostuvo la actividad de procuración y trasplante, con el objetivo de brindar respuesta a las personas que aguardaban un órgano.

En este marco, aunque referir a la donación de órganos parece una práctica natural bien vale la pena desnaturalizar: el trasplante es el producto de un recorrido histórico y de genialidades científicas y técnicas acumuladas a lo largo del tiempo.

Perros, gemelos y DNI biológico

A pesar de mojones previos, la historia de los trasplantes comenzó a principios del siglo XX cuando, desde diversas latitudes, se comenzó a experimentar la posibilidad de trasplantar órganos, en especial riñones ya que la insuficiencia renal, al no existir la diálisis, no tenía solución. El biólogo y médico francés Alexis Carrel, en 1901, escribió lo siguiente: “He comenzado las investigaciones de suturas vasculares (entre venas y arterias) con el objetivo de hacer trasplantes de órganos”. Su método aún en el presente es reconocido en el ámbito médico y operó como puntapié para esta práctica.

De esta manera se abrió la posibilidad de la experimentación animal y las pruebas se iniciaron con lo que estaba más a mano, los perros. Y se comprobaron algunas cosas. Por ejemplo, cuando se realizaba un autotrasplante, es decir, se colocaba el riñón del mismo individuo en otra región, ese órgano funcionaba con éxito. “Le sacaban un riñón al perro y al mismo animal se lo colocaban en otro lugar. En general, lo hacían en los vasos del cuello porque era lo más accesible desde el punto de vista quirúrgico. En cambio, cuando realizaban un trasplante a otro individuo, ese órgano no funcionaba correctamente”, relata Carlos Soratti, presidente del Incucai. Es que los caminos de la ciencia no son sencillos: saldado el aspecto quirúrgico, emergió un nuevo obstáculo, el inmunológico. En apariencia, había mecanismos en el organismo que provocaban el rechazo de un órgano ajeno.

Tuvieron que transcurrir muchas décadas de investigaciones en diferentes países del mundo (con aportes valiosos desde Francia, Rusia, Alemania, Estados Unidos y Holanda) y recién hacia mediados del siglo pasado se confirmó el primer trasplante exitoso. Estuvo a cargo de Joseph Murray (luego premio Nobel), se realizó en Boston (1954) y tuvo la particularidad de ser realizado entre hermanos gemelos que tenían la ventaja de compartir el material genético. Como era un tejido genéticamente similar no fue rechazado por el cuerpo que lo recibió. Con este caso emblemático quedó al descubierto la existencia de un sistema inmunológico que rechazaba el órgano de individuos con características diferenciales.

Hacia fines de esa década, la ciencia identificó los primeros antígenos que los leucocitos (glóbulos blancos) tenían en su superficie y constituían lo que se podría distinguir como el “DNI biológico” de cada individuo. Se trata de los famosos antígenos de histocompatibilidad, que cumplen una función decisiva en relación a la regulación de las sustancias extrañas que ingresan al cuerpo. El rechazo, sencillamente, se producía por obra y gracia de las defensas que actuaban como modo de preservación del organismo para protegerlo de anomalías.

En los 60’s se descubrió la manera de frenar la respuesta del sistema inmune que ocasionaba el rechazo de lo ajeno, es decir, que hacía que los trasplantes entre personas con diferente genética no fueran exitosos”, explica el experto. Desde aquí, con el objetivo de que un órgano funcione en un cuerpo distinto, se produjeron los primeros desarrollos dirigidos a deprimir la respuesta inmunológica, que luego se conocerían como “inmunosupresores”.

En esta década se multiplicaron los esfuerzos y se realizaron trasplantes renales, hepáticos y cardíacos. No obstante, los recursos farmacológicos para luchar contra los rechazos aún eran escasos. “Más adelante aparecieron drogas inmunosupresoras más selectivas, es decir, no inhibían todo el sistema inmune en general sino solo aquella región que se quería inhibir. Tiene sentido porque deprimir globalmente las defensas puede ocasionar que los pacientes tengan serias complicaciones por la infección más mínima”, apunta. A fines de los 70’s apareció un fármaco fundamental: la ciclosporina, un esquema farmacológico que permitía el control del rechazo. De aquí en adelante, la lucha contra el rechazo se realiza con mayor eficacia y los trasplantes logran sostenerse en el tiempo.

Cuando la muerte es fuente de vida

En los 80’s, el trasplante se convirtió en un tratamiento de elección para las insuficiencias terminales de órganos y se generalizó en los distintos sistemas sanitarios del mundo. Y todos los miembros de la comunidad científica y médica celebraron el estado de gracia: hasta el propio René Favaloro ya sugería algunas ideas germinales de lo que hoy se denomina “xenotrasplante”. Proponía utilizar órganos de individuos de otra especie (animales, de cerdos por lo general) en humanos: una práctica que cada vez tiene mayor consenso y que, en marcos experimentales, produce resultados positivos. A principios de 2022 se realizó un trasplante de corazón de cerdo modificado genéticamente en Baltimore (EEUU) y el paciente sobrevivió dos meses hasta que falleció, precisamente, de un virus porcino.

Hace cuarenta años, con la expansión de las terapias intensivas, se descubrió que ante ciertos problemas encefálicos (herida de bala en cráneo, golpes muy fuertes, entre otros), los corazones de los individuos podían seguir latiendo pero el encéfalo estar muerto. Con esto, emergió la idea de que el fallecimiento de una persona, en realidad, se determinaba con mayor precisión a partir del cese de las funciones encefálicas y no tanto por lo que sucedía con el corazón. Este debate que parece hundirse en el barro filosófico, en verdad, tiene consecuencias prácticas: “Con el cambio de paradigma, se volvió posible la utilización de los órganos de esas personas fallecidas porque seguían funcionando a la perfección. De este modo, se cambió de perspectiva y también de problemas: si antes el inconveniente era el rechazo, en esta época lo fue la utilización de órganos de personas muertas”. Un nudo que durante mucho tiempo y aún en el presente continúa siendo discutido por el campo de la bioética. La oferta de órganos dejó de estar circunscrita a los vivos y también se abrió a los donantes muertos.

En este marco, en 1990, con la sanción de la Ley 23.885, el Cucai se convirtió en el Instituto Nacional Central Único Coordinador de Ablación e Implante (Incucai) y la experiencia de instituciones dedicadas a la certificación de los signos de la muerte y la procuración de órganos para trasplantes se replicó en todo el mundo. “Hoy distribuimos recursos escasos, como son los órganos, en una población muy grande. Con lo cual, desarrollamos criterios de asignación por intermedio de los cuales cada órgano es trasplantado al individuo más compatible para favorecer el mejor trasplante”, comenta Soratti. Para la asignación se tienen en cuenta aspectos como la edad (se privilegian los pacientes en espera más jóvenes), las características del tratamiento y otros rasgos más que conforman un puntaje. Ante cada donante, esa lista de espera vuelve a configurarse porque la compatibilidad depende del órgano que se dona.

A partir de la Ley 27.447 (denominada Ley Justina) la actualidad de la donación de órganos se modificó: con este punto de inflexión, se considera que toda persona mayor de 18 años es donante de órganos o tejidos, salvo que haya expresado lo contrario.

Religiones, trabas y consensos

Si uno se ha registrado como donante, está a un paso de serlo. Sin embargo, en la práctica es más complicado de lo que se cree, porque la familia del difunto puede oponerse a tal práctica. La primera reacción frente a la muerte de un ser querido suele ser la negación. Por este motivo es que la comunicación con la familia debe ser realizada por personal capacitado, sensible y convencido de la necesidad de estos procesos. “Las instituciones de salud necesitan gente que pueda contener, que pueda ayudar a la familia a comprender lo importante que es cumplir con la voluntad de las personas fallecidas. El entrenamiento profesional es clave”, advierte. Es cierto, ante la muerte de alguien querido, probablemente, en lo último que se piense es en la donación de sus órganos, pero se pueden salvar vidas. No hay que perderlo de vista: se trata de un acto solidario.

Otro de los obstáculos se relaciona con los mitos que se instalan en el sentido común. “Hay muchos mitos populares que indican que en determinados hospitales ‘te sacan los órganos y los comercializan’. Fantasías que se originan en la falta de confianza de la sociedad en el sistema de donación y trasplante”, relata Soratti. Hay que recuperar la solidez de ese vínculo si el propósito es que el sistema sanitario se robustezca.

Asimismo, un párrafo aparte merecen algunas religiones que, históricamente, se opusieron a prácticas relacionadas con la intervención de los cuerpos difuntos. Afortunadamente, en 2022, según Soratti, algunas cosas parecen estar cambiando: “En el último congreso mundial realizado la semana pasada, asistieron sacerdotes y pastores de diferentes religiones y hubo un enorme consenso a favor de la donación de órganos. Y, si hubiera situaciones personales de oposición, por supuesto se respetan”. Lo que Soratti explica en todos los casos es que, a diferencia de las transfusiones sanguíneas (a las que algunas creencias, por ejemplo, se oponen), los órganos que se implantan no contienen glóbulos rojos, no tienen sangre.

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