
A 50 años de aquel secuestro nocturno que pretendió hundirlo en el olvido y el silencio, la figura de Haroldo Conti emerge como la de un obrero de la máquina de escribir que siempre prefirió perderse entre la gente. Hay algo en su prosa que, a medio siglo de su desaparición, sigue navegando con la potencia de la marea, recordando que la literatura, cuando es verdadera, es sobre todo un acto de vitalidad resistente.
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